Mi Plan. Ciclo C - Año II Guía bíblica 2016
Salmo 85 Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día; alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti. Porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica. Te alabaré de todo corazón, Dios mío; daré gloria a tu nombre por siempre, por tu grande piedad para conmigo, porque me salvaste del abismo profundo. Señor, Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal, mírame, ten compasión de mí. Salmo 85, 3-5. 12-13.15
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San Pablo, cuyo nombre de nacimiento era Saulo de Tarso, fue una figura trascendental en la historia del cristianismo primitivo. Nació alrededor del año 5 d.C. en Tarso de Cilicia, una ciudad ubicada en lo que hoy es Turquía y entonces parte del Imperio Romano. Destacaba por ser un judío fariseo de la tribu de Benjamín y poseía la privilegiada ciudadanía romana por nacimiento, lo que más tarde facilitaría su movilidad y defensa en sus extensos viajes misioneros. Recibió una sólida formación en Jerusalén bajo la tutela del reconocido rabino Gamaliel, lo que le brindó un profundo conocimiento de la ley judía. Inicialmente, Saulo fue un ferviente perseguidor de los cristianos, considerando su fe una herejía. La vida de Saulo dio un giro dramático y radical con su conversión en el camino a Damasco, donde experimentó una revelación de Jesús resucitado que lo transformó por completo. A partir de ese momento, adoptó el nombre de Pablo y se dedicó incansablemente a la propagación del Evangelio, siendo conocido como el «Apóstol de los Gentiles». Realizó múltiples viajes misioneros por el Mediterráneo oriental, fundando comunidades cristianas en importantes centros urbanos del Imperio Romano como Antioquía, Corinto, Éfeso y Roma. Su obra literaria es fundamental para el Nuevo Testamento, ya que es autor de numerosas epístolas que articulan doctrinas teológicas esenciales y continúan siendo pilares de la fe cristiana. Se estima que San Pablo falleció en Roma alrededor del año 67 d.C., probablemente martirizado por decapitación durante las persecuciones del emperador Nerón, dado su estatus de ciudadano romano. Su legado es inmenso; no solo contribuyó a la expansión geográfica del cristianismo, sino que también sistematizó gran parte de su teología, liberando el mensaje de Jesús de las estrictas observancias de la ley judía y abriendo así la fe a un público universal. Su figura sigue siendo una de las más influyentes en toda la historia del cristianismo.
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