El movimiento continuo
Gregorio es un niño de diez años que vive en Asturias y jamás había conocido a un adulto como Santos. Este es un hombre mayor, con aficiones muy especiales: le gusta observar el movimiento continuo de los seres vivos y de las cosas. Gregorio se siente atraído por ese anciano tan extraordinario, y también por su nieta, Andrea, una chica que juega al rugby en un equipo masculino. Poco a poco Gregorio se hace amigo de Santos y mira fascinado sus experimentos. Uno de ellos tiene como finalidad dar de comer a un pequeño grupo de ratones, los cuales no parecen tener miedo del hombre; en especial uno de ellos, Ulises. Santos cae enfermo y Gregorio le ayudará en la construcción de un detector de auroras boreales. Cuando el anciano le avisa de que el artefacto está listo y que ha detectado la presencia de este raro fenómeno, Gregorio, Santos y Andrea acuden a un lugar adecuado para presenciarlo. Pero la aurora boreal no se produce y Santos les relata la noche en que, junto con su viejo perro Trompo, vio una desde ese mismo sitio. A pesar de este fracaso, Gregorio está convencido de que Santos le ha ayudado a penetrar en los misterios del tiempo y que en las estrellas se encuentra el movimiento continuo.
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